COCHINOS Y GALLINAS: COMPLEMENTO DE LA ECONOMÍA CABRERA.
Los cochinos y gallinas han ocupado siempre un puesto de gran relevancia en las explotaciones de ganado caprino extensivo de regiones como Extremadura al ser un importante complemento económico para sus propietarios quienes con pocos gastos y sin apenas trabajo extra, obtenían unos ingresos complementarios que mejoraban su economía.
Dioni Prieto, cabrero extremeño que aún mantiene cochinos y gallinas.
A menudo, los cabreros vivían en dehesas, montes y sierras que en la mayoría de los casos no eran de su propiedad y donde los suelos eran poco aptos para la agricultura. Tampoco tenían mucho tiempo para dedicar al trabajo en el campo por lo que tenían que complementar su economía con la cría de animales de forma que dispusiesen de alimentos variados para su sustento y de excedentes para la comercialización a pequeña escala.
Los cochinos (cerdos) y gallinas eran animales ideales para esto pues eran tan rústicos, sobrios y resistentes como las propias cabras, siendo capaces de alimentarse de cualquier cosa que encontraban en el campo y en los alrededores de las majadas, necesitando únicamente algo de alimentación suplementaria a base de algo de grano, sobras de la comida y subproductos de la ganadería como el suero obtenido de la elaboración del queso..
Los cochinos eran animales asombrosamente rentables pues eran fáciles de criar, necesitaban pocos cuidados y su alimentación planteaba pocos problemas generando además cuantiosos ingresos. Un verraco y una o dos cochinas podían llegar a constituir un importante complemento para la economía de las familias cabreras.
Verraco y cochina.
(c) Dionisio Prieto Cuarto.
Las cochinas parían siempre a finales de invierno o principios de la primavera y, si eran correctamente cuidadas y manejadas, podían hacerlo también en el otoño lo que permitía a los cabreros vender el doble de lechones.
Tras amamantar las cochinas durante un periodo variable entre 3 semanas y 2 meses a los lechones, los cabreros vendían la mayoría a gente de los pueblos cercanos que no tenía cochina de cría pero que necesitaba proveerse de 1 ó 2 cochinillos para la matanza, base de la despensa familiar.
Procuraban los cabreros reservarse siempre 1 ó 2 de los mejores lechones para su propia matanza, dejando también alguno de vez en cuando para renovar las cochinas o el verraco, los cuales, una vez castrados y cebados, se destinaban al consumo familiar aunque su carne solía ser de menor calidad que la de los cochinos "vírgenes".
En ocasiones, los cabreros castraban y engordaban unos cuantos cochinos para venderlos ya cebados y listos para la matanza, aumentando así sus beneficios. Esto se hacía si se disponía de recursos y espacio suficientes, algo relativamente fácil para los cabreros que mantenían buenos rebaños o piaras de cabras.
Finalmente, en las casas cabreras con abundante mano de obra y sobre todo femenina, se mataban algunos cochinos más de los que se precisaban para cubrir las necesidades familiares y poder disponer así de tocino, embutidos y jamones para la venta.
Por criarse de forma extensiva y con una alimentación totalmente natural, la carne y productos derivados de los cochinos criados por los cabreros, eran de mayor calidad que los que se criaban en las cuadras de los pueblos.
Pero ¿Cuál es el motivo por el que los cabreros podían criar fácilmente tantos cochinos? Se ha mencionado anteriormente: el suero.
Para elaborar el queso es preciso cuajar la leche añadiendo cuajo, obtenido antiguamente del cuajar de los cabritos lechales. Tras dejar reposar la leche con el cuajo, esta se transformaba en cuajada que debía ser separada cuidadosamente del suero. De 5 litros de leche se obtenían alrededor de 1 kilogramo de cuajada y 4 litros de suero.
El suero es un líquido blanquecino que era un alimento extraordinario para los cerdos tanto durante el periodo de cría como para los ejemplares adultos si bien se debía restringir o eliminar por completo su consumo durante los últimos meses del periodo de cebo de aquellos cerdos destinados al sacrificio para evitar que la carne adquiriese un sabor desagradable y los embutidos y jamones presentasen problemas de secado.
El alojamiento de los cerdos no planteaba problemas. Los cerdos de engorde vivían a menudo al aire libre en las proximidades de la majada de las cabras aunque para tenerlos más controlados se los encerraba en rústicos y sencillos refugios conocidos como pocilgas, zahúrdas, cochineras...que podían ser simples chozos de piedra con techumbre de madera y matorral o construcciones más sofisticadas con una zona cubierta y un pequeño cercado anexo. Estos refugios se construían especialmente para alojar a las cerdas reproductoras.
En las proximidades o en el propio recinto anexo, se colocaban pilas talladas en piedra o madera, que en este último caso recibían el nombre de dornajos, camellones, gamellones...en los que se echaba la comida a los cerdos.
Respecto a las gallinas, los cabreros siempre mantenían un buen número de ellas para abastecerse de huevos y pollos y para la venta. Aquellos cabreros que vivían en pleno campo tenían que tener muchas gallinas para compensar las habituales bajas sufridas por el ataque de todo tipo de depredadores desde grandes rapaces a zorros, ginetas, garduñas...
Se tenía siempre con las gallinas uno o varios gallos para que, además de servir de despertador y de alarma ante cualquier amenaza, cubriesen a las gallinas para que los huevos fuesen fértiles y pudieran de esa forma destinarse no sólo al consumo sino a la incubación.
Los cabreros solían ir a su pueblo o al más próximo que tuviesen al menos una vez a la semana para vender el queso y comprar todas aquellas provisiones que necesitasen para la semana como pan (en caso de no disponer de horno en la majada y elaborarlo ellos en la majada), patatas, aceite, legumbres...
Aprovechaban estos viajes para llevar cestos con huevos frescos porque, aunque casi toda la gente de los pueblos tenía gallinas en casa, siempre había gente que necesitaba más huevos de los que producían sus gallinas.
En primavera, y más rara vez durante el resto del año, algunas gallinas encluecaban e incubaban sus propios huevos o los que los cabreros les colocasen. Muchas veces los cabreros se preocupaban de colocar un cesto con paja en algún lugar tranquilo y protegido para que las gallinas incubasen con seguridad, pero otras veces éstas se escondían entre la maleza y volvían al cabo de tres semanas seguidas por 10 ó 12 pollitos.
Los cabreros criaban todos los pollitos nacidos y cuando crecían reservaban las pollitas para reponer las gallinas más viejas, vendiendo las sobrantes a gente del pueblo que no se tomaba la molestia de criar sus propias pollitas de renuevo. Los pollos eran criados y vendidos en fechas próximas a la Nochebuena que era cuando había mayor demanda.
Las gallinas se alimentaban con lo que encontraban en el campo, dándoles ocasionalmente algún puñado de cereal y sobras de la comida. Pasaban el día sueltas en el campo y por la noche se las encerraba en rústicos gallineros similares a los refugios construidos para los cerdos pero de menores dimensiones.
Con los ingresos obtenidos de las cabras, base de su economía, complementados con los ingresos obtenidos de otros animales como algunas ovejas, yeguas o burras, alguna vaca y naturalmente de los cochinos y las gallinas, los cabreros lograban sobrevivir y sacar adelante a sus familias, a menudo muy numerosas. No tenían grandes lujos pero vivían honradamente y nunca les faltaba la comida en la mesa. Mucho debemos agradecer los que descendemos de familias cabreras a los COCHINOS Y GALLINAS.
Cada vez es más normal que los ganaderos se centren en la cría de una sola especie de ganado y que como mucho mantengan algunas gallinas y 1 ó 2 cochinos para el abastecimiento familiar de huevos y pollos y para hacer la tradicional matanza respectivamente, pero siempre hay excepciones como el caso del cabrero DIONISIO PRIETO CUARTO de la localidad cacereña de Casas de Millán.
Dionisio Prieto Cuarto ordeñando una cabra.
(c) Chema Benítez.
Dioni, como es conocido por todos, tiene alrededor de 200 cabras lecheras, una veintena de vacas de carne, una yegua y una burra y, como no podía ser de otra manera, cochinos y gallinas.
Este ganadero extremeño, trabajador como pocos, mantiene vivas las antiguas costumbres heredadas de su abuela Juliana Borja Andrés, su gran maestra en el mundo ganadero y quien se sentiría muy orgullosa de ver lo que ha conseguido su nieto.
DEDICATORIA Y AGRADECIMIENTO.
Quiero dedicar este artículo a DIONI que está dispuesto a colaborar conmigo siempre que es necesario en EL CUADERNO DE SILVESTRE. Pese a ser un hombre muy ocupado con sus múltiples quehaceres ganaderos, siempre que hace alguna foto interesante me la envía por si puede servirme para algún artículo y si necesito alguna fotografía específica, no duda ni un segundo y la hace en cuanto le resulta posible.
Cabra con sus cabritos.
(c) Dionisio Prieto Cuarto.
También aporta todos sus conocimientos, vivencias y un sinfín de datos para la realización de diversos artículos como EL PRECIO DE LOS CABRITOS, EL CABRERO ¿OFICIO EN PELIGRO?, LA CABRA EN EXTREMADURA...
Fdo: Silvestre de la Calle García.
Técnico Forestal.
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