LOS GATOS DE TÍA MARCE "LA PESETA"
El gato es considerado hoy en día un animal de compañía pero durante miles de años fue un gran aliado de los ganaderos y agricultores e incluso de toda la población al mantener libres de roedores y otros animales las cuadras, almacenes, bodegas y viviendas.
Bien sabía esto tía Marce "La Peseta", ganadera, agricultora y ama de casa en la localidad cacereña de Guijo de Santa Bárbara, teniendo siempre gatos en sus casas y corrales.
Gato.
(c) Silvestre de la Calle García.
Ya en cierta ocasión, se publicó en este mismo blog un artículo titulado EL GATO: UN ANTIGUO ALIADO en el que se trata con detenimiento el origen del gato doméstico, su historia y funcionalidad y el problema que supone el abandono de gatos. Recomendamos la consulta del citado artículo a los lectores.
Gato en un tejado.
(c) Miguel Alba Vegas.
Marcelina de la Calle Vicente (1930-2009) nació en Guijo de Santa Bárbara (Cáceres) en el seno de una numerosísima familia. Fue la quinta de los trece hijos del matrimonio formado por Ángel de la Calle Jiménez (1886-1975), conocido popularmente como tío Angelillo "El Senagüillas" y Justina Vicente Burcio (1902-1971), conocida como "La Galleguina".
Marcelina de la Calle Vicente. 1931.
(c) Familia De la Calle.
Ángel y Justina eran cabreros, vaqueros de suizas, labradores y empresarios del sector hostelero, siendo propietarios de un bar, una sala de café o cafetería, un salón de baile, un cine y una fábrica de gaseosas.
En su casa familiar, que por abajo daba a la Calle del Tejar y por arriba a la Plaza de los Corredores, había, como en cualquier casa guijeña de la época, cuadra, bodegas y despensas para almacenar los distintos productos agropecuarios por lo que la presencia de gatos era fundamental para mantener la casa libre de ratones.
Casa de Los Senagüillas, hoy desaparecida.
(c) Silvestre de la Calle García.
Pero volvamos a los gatos.
Tras casarse, tío Juan y tía Marce se instalaron en una casa situada en la Calle del Puente aunque situada en el paraje conocido como La Mata. Era una casa muy grande, propiedad de tía Vicenta "La Jambrina", abuela paterna de Juan y en la que había residido durante algún tiempo Nicolasa Sánchez García, prima de éste.
Dedicados al oficio de borregueros, criaban también otros animales como uno o dos cerdos o cochinos para la matanza, una docena de gallinas para abastecerse de huevos y pollos y vender los que sobraran y una o dos caballerías de labor. Complementaban su economía con el cultivo de cereales como cebada y centeno, patatas y otros productos hortícolas, tabaco y con la cosecha de castañas.
Piara de ovejas o borregas.
(c) Silvestre de la Calle García.
Como puede suponerse, en una casa grande situada a las afueras del pueblo y que además contaba con un pequeño huerto trasero con un secadero en el que se encontraba el horno para cocer el pan, los ratones y otros pequeños animales eran frecuentes en la casa de tío Juan y tía Marce donde no faltaban los gatos que entraba y salían libremente por la gatera, un pequeño orificio circular situado en la parte baja de la puerta y que por la noche se tapaba por dentro con una tabla para evitar que entrasen gatos ajenos u otros animales.
Puerta de una casa guijeña tradicional con la gatera tapada.
(c) Silvestre de la Calle García.
Como hemos comentado en la introducción, los gatos no eran animales de compañía. El objetivo principal, por no decir único, de su tenencia en las casas, era la caza de ratones y otros animales.
Gozaban de libertad absoluta para recorrer todas las estancias de la casa a excepción de la sala, y las alcobas o dormitorios por no almacenarse allí alimentos y ser difícil que hubiese ratones. Preferían andar por las cuadras, bodegas y desvanes donde pasaban gran parte del tiempo durmiendo o descansando pero donde los ratones eran más abundantes.
Para favorecer su instinto cazador, no se les alimentaba. Como mucho, se les daba un poco de pan duro remojado con leche o suero sobrante de la elaboración del queso así como alguna sobra o desperdicio de las comidas. Solían los gatos aparecer por la cocina cuando la familia se reunía para comer o cenar por si acaso "caía alguna cosilla".
Tía Marce, como todas las mujeres del pueblo, preferían tener en casa gatas en lugar de gatos, ya que estos últimos solían abandonar muchas veces la casa en busca de gatas en celo olvidándose de sus "ocupaciones".
Las gatas solían salir de vez en cuando a la calle para tomar el sol o deambular por los huertos cercanos pero no se alejaban mucho. Sin embargo, ocasionalmente quedaban preñadas y parían en algún lugar tranquilo y escondido de la casa.
Si los gatitos eran encontrados a las pocas horas o días de nacer, muy a menudo eran eliminados para evitar la superpoblación, pero otras veces se los dejaba crecer y se los trasladaba a otras casas o a los corrales del campo, regalando también alguno a vecinos que no tuviesen gato.
Por aquel entonces, tío Juan y tía Marce tenían varios corrales, secaderos de tabaco, sequeros de castañas y casas viejas en el pueblo, manteniendo en todos estos edificios al menos un gato. Si sobraban gatos en un sitio, se llevaban a otro, aunque esto había que hacerlo cuando eran muy pequeños para que se acostumbrasen a su nuevo hogar y no regresasen al lugar donde habían nacido.
Corral de Santonucio, propiedad de tío Juan y tía Marce.
Actualmente, este corral pertenece a la familia Torralvo.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.
Posteriormente, tío Juan y tía Marce se trasladaron a vivir a una casa situada en la Calle La Mata, más cerca del centro del pueblo. Se trataba de una casa más pequeña pero suficiente para la familia con un huerto anexo en el que se encontraban el gallinero y la granja de las gallinas. Además, la casa contaba con una cuadrilla o bodeguilla separada de la misma pero a escasa distancia.
Pese a encontrarse cerca del centro del pueblo, en esta nueva casa también eran comunes los ratones al encontrarse cerca de huertos por lo que era imprescindible la presencia de al menos un gato en la vivienda.
Años más tarde, en el huerto anexo a la casa, se construyó una nueva edificación con cuadra y bodega en la planta inferior, utilizándose las superiores como almacén y secadero.
La presencia de gatos en este nuevo edificio era más necesaria incluso que en la vivienda en la que ya no se almacenaban más alimentos que los destinados al consumo inmediato.
Los gatos podían entrar y salir libremente del nuevo edificio porque la puerta de entrada contaba con una rejilla para tal fin, accediendo desde el desván de este edificio a la vivienda, la cual recorrían con libertad pero sin permitir que entrasen en los dormitorios, el cuarto de baño o el fregadero, dependencia de muchas casas guijeñas donde se encontraban la pila para fregar los cacharros y donde se almacenaban algunos productos perecederos pero que no precisaban refrigeración, cuando ya aparecieron los frigoríficos, como queso, embutidos o frutas.
Al igual que en la casa antigua, tía Marce siempre tuvo gatas en lugar de gatos y cuando estas parían, tío Juan se llevaba los gatitos cuando tenían 3 ó 4 semanas al corral donde tenía las vacas en la finca de La Huerta.
Allí los alimentaba al principio con leche fresca y pan para que asociasen el lugar con la comida y no se escapasen, cosa que no siempre conseguía. Muchas veces, los gatitos en su afán por explorar los alrededores, abandonaban el corral y eran robados o devorados por las abundantes zorras y por los tejones que visitaban con asiduidad los prados durante la noche.
Sin embargo, muchas veces estos gatitos lograban sobrevivir y si las hembras llegaban a la edad adulta, no abandonaban nunca la seguridad del corral.
Gatos tomando leche.
(c) Abel Pache Gómez.
No solo eliminaban los gatos ratones y ratas sino que cazaban también las culebras que, aunque inofensivas para el ganado y para las personas pero que daban mucho miedo a ganaderas como tía Marce.
Capturaban también los pájaros que comían el grano en el majal de las vacas o en la granja de las gallinas.
Mientras tío Juan y tía Marce tuvieron ganado y vivieron en su casa de la Calle La Mata, procuraron tener siempre algún gato y, si por casualidad alguno moría, lo remplazaban rápidamente trasladando algún gatito de casa al corral y viceversa o pidiéndoselo a algún conocido que tuviese gatos de sobra. Como mucha gente del pueblo, en los últimos años, se los pedían a tío Esteban "El Chupa" que siempre contaba en los alrededores de su casa de la Calle del Tejar con abundantes gatos.
Gatas y gatitos.
(c) Abel Pache Gómez.
Realmente, en los últimos años los gatos ya no eran tan necesarios para tío Juan y tía Marce como lo habían sido en el pasado.
Su casa, aunque antigua, estaba bastante reformada y era prácticamente imposible que hubiese ratones en ella. Sin embargo, en la casa contigua, la que utilizaban como almacén, no era raro vez algún ratón por lo que la presencia de algún gato estaba justificada.
Solía colocar tía Marce en el pasillo que separaba la bodega de la cuadra y que daba acceso a las plantas superiores, algún tablero o un simple cartón para que el gato estuviese cómodo durante el día y no se alejase de allí por ser donde más ratones podía haber.
Pero por afición y por costumbre seguían dejando que el gato siguiese entrando en casa. Para evitar que anduviese mucho por toda la casa, tía Marce colocaba en la cocina de lumbre de la casa, la cual utilizaban ya como trastero, un cesto de mimbre inservible con unas mantas viejas para que el gato durmiese cómodamente. El animal permanecía allí la mayor parte del día siempre atento al más mínimo ruido que hubiese en la cocina de la planta baja para acudir veloz en busca de algo que comer.
Gato entre mantas atendo a cualquier ruido extraño.
(c) Carolina Martín Fuentes.
Durante los días fríos y lluviosos, no era raro que el gato bajase a la cocina para meterse debajo de la mesa junto al brasero de picón, permaneciendo tranquilamente allí y saliendo de vez en cuando para tumbarse junto a la ventana y observar la calle.
En aquella época, no se prestaba atención alguna a la raza de los gatos. Lo que se pretendía era que cazasen. No obstante, alguna gente tenía predilección por los gatos de un color determinado. Así, a tía Marce le gustaban mucho los gatos de colores grisáceos atigrados similares a los gatos monteses aunque también le gustaban mucho las gatas de tres colores (blanco, negro o atigrado oscuro y anaranjado).
Gata de tres colores.
(c) Carolina Martín Fuentes.
Sin embargo, tío Juan era muy riguroso para seleccionar gatos para el corral, prefiriendo los suizos, los blancos y aranjados o los de colores sólidos y evitando siempre los atigrados por su parecido con las ginetas, de forma que animales como las gallinas asociasen a cualquier gato atigrado con el citado depredador para que huyesen rápido.
Gato suizo.
(c) Carolina Martín Fuentes.
En el año 2000, debido a problemas de salud, tía Marce y tío Juan tuvieron que trasladarse a vivir con sus hijos. Aunque sus hijos y nietos trataron de trasladar al gato que tenían al corral de La Huerta para atenderlo allí, fue imposible porque el animal se escondía en el desván o se escapaba por la casa de al lado.
Así acabó la historia de los gatos de tía Marce "La Peseta" pero la cual nos sirve hoy para conocer un poco más de la cultura tradicional desde un punto de vista un tanto novedoso como es la presencia de gatos en las casas de antaño.
Aunque muchos son los lectores habituales de EL CUADERNO DE SILVESTRE que ya conocen la relación que me unía a tía Marce "La Peseta", se la desvelaré a los que no lo sepan. Marcelina de la Calle Vicente, era mi abuela materna, con la cual pasé gran parte de mi infancia en su casa de la Calle La Mata donde nunca faltaba la presencia de algún gato. Guardo muchos y buenos recuerdos de aquellos tiempos con mi abuela y hoy, cuando se cumplen 17 años de su fallecimiento, me ha parecido bonito compartir este artículo con todos los lectores.



.jpg)
.jpg)




















Comentarios
Publicar un comentario