JUAN Y MARCELINA: BORREGUEROS DE GUIJO DE SANTA BÁRBARA.

Guijo de Santa Bárbara es un pequeño pueblo que ha basado siempre su economía en la ganadería complementada con la agricultura. El ganado caprino fue siempre el pilar más sólido de la economía local pero otras especies ganaderas también tuvieron su importancia aunque a veces en periodos verdaderamente breves como ocurrió en la década de 1950 con las ovejas, conocidas localmente como borregas. Uno de los pocos matrimonios dedicados a la cría de estos animales fue el formado por Juan García García y Marcelina de la Calle Vicente.


Juan García García (1927-2012), conocido popularmente como "El Peseta", y Marcelina de la Calle Vicente (1930-2009), de la familia de "Los Senagüillas", contrajeron matrimonio el 27 de marzo de 1952 en la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro de Guijo de Santa Bárbara, población en la que habían nacido ambos.

Marcelina (izda.) y Juan (dcha.)
(c) Familia De la Calle.

Ambos se habían criado en el seno de familias cabreras. El abuelo materno de Juan, Esteban García Castañares "El Canija", entregó a su hija Josefa y a su esposo Anastasio, padres de Juan, 20 cabras cuando se casaron, mientras que los padres de Marcelina tuvieron cabras en su corral de El Toril hasta el año 1951, si bien también tenían vacas suizas, además de regentar un bar, una sala de café, un baile, un cine y una fábrica de gaseosa.

Cabra Verata.
(c) Silvestre de la Calle García.

Un par de años antes de la boda de Juan y Marce, la abuela paterna de Juan, Vicenta García Díaz "La Jambrina", había comprado una piara de borregas pues, pese a estar prohibido su pastoreo en la Dehesa Sierra de Jaranda desde 1933, esta ganadera y una de las máximas accionistas de la citada Dehesa, consiguió, tras reunirse con Alonso de la Calle Jiménez, presidente de la Junta de Administración de dicha Dehesa, que las borregas pudiesen volver a pastar en el municipio.

Vicenta García Díaz "La Jambrina".
(c) Familia De la Calle.

Se trataba de una buena piara de borregas entrefinas, fruto del cruzamiento entre ovejas Merinas y carneros de razas entrefinas como la Castellana y entrefinas finas como la Talaverana, resultado a su vez del cruzamiento secular entre la Merina y la Manchega.
Animales sumamente rústicos y resistentes, se adaptaban especialmente bien a distintos ambientes, incluyendo la sierra, destinándose fundamentalmente a la producción de carne y lana aunque en algunas zonas podían llegar a ser sometidas a ordeño.

Ovejas entrefinas.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Aunque Vicenta obtenía importantes beneficios de la venta de lana y de corderos y borregas de desecho y desvieje, su principal objetivo era la obtención de valioso estiércol para abonar las tierras dedicadas al cultivo de cereales, patatas y especialmente tabaco, generando este último y novedoso cultivo grandes beneficios en la época. 

Tabaco negro en Guijo de Santa Bárbara.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Las borregas presentaban una gran ventaja respecto a vacas y cabras y era que podían ser llevadas directamente durante la noche a las tierras de cultivo para encerrarlas en un redil o corral de red que se movía de sitio cada noche para así distribuir el estiércol sin trabajo. Mientras que esto se realizaba, el propietario de las borregas o algún pastor asalariado, pasaba la noche durmiendo junto a la red en la mampara para defender con la ayuda de los perros a las borregas del ataque de los lobos.

Mampara.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Aunque Vicenta era la propietaria de las borregas y la encargada de realizar todas las gestiones, el cuidado de las mismas corría a cargo de un pastor que se encargaba de realizar el careo o pastoreo diario, destacando sin lugar a dudas como uno de los mejores pastores que tuvo contratado a Dionisio Vidal "El Picholito". El pastor era ayudado en momentos puntuales o cuando había mucho trabajo por Juan y por Emilio, esposo de Nicolasa que era prima de Juan y nieta de Vicenta.

Gora Guerra y Dionisio Vidal.
(c) Familia Vidal.

Los beneficios generados por las borregas tras el pago del salario del pastor, del arriendo de los pastos de la sierra y de la cuadrilla de esquiladores que acudían anualmente a esquilar las borregas, eran divididos por Vicenta en dos partes siendo una para Nicolasa, que era hija de su difunta hija Visitación, y otra para Anastasio, hijo de Vicenta, dividiéndose a su vez esa mitad en dos entre Anastasio y su hijo Juan.

Borrega con su borrego.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Con el tiempo, la piara fue dividida en dos, gestionando Nicolasa por un lado sus ovejas y Anastasio y Juan las suyas por otro. Nicolasa, su esposo y sus hijos vendieron las borregas y emigraron a Francia en 1956 mientras que Anastasio y Juan siguieron con sus borregas llegando a tener alrededor de 160 reproductoras y sumando alrededor de 200 animales con los carneros y el recrío.

Ovejas en pastoreo.
(c) Silvestre de la Calle García.

Desde que se casaron, Juan y Marce tuvieron la vida resuelta en gran medida gracias a las borregas. Aunque llevaban todo a medias con Anastasio y su segunda esposa Rufina Vidal, con los ingresos obtenidos de las ovejas, del tabaco y de las castañas producidas en la finca de Santonuncio, podían vivir bien y consiguieron sacar adelante a sus hijos José y Vicenta (Tita).

Jose y Tita.
(c) Familia De la Calle.

Las borregas de Juan y Anastasio pasaban la mayor parte del año en la zona de Santonuncio por disponer allí de un extraordinario corral mandado construir por Vicenta y en el que las ovejas estaban muy abrigadas. Desde este corral las ovejas podían hacer careos cómodos por zonas relativamente llanas. En primavera, en la época en la que se abonaban las tierras de cultivo de la familia, las ovejas pastaban cerca del pueblo y eran llevadas a dormir a las fincas de La Huerta, el Risco La Guija o Veguilla Pescuezo. Se aprovechaba su estancia en estas fincas para realizar el esquileo en El Corralón, corral situado en el casco urbano y propiedad de Nicolasa y que tenía arrendado el padre de Marce para meter los chotos o terneros.

Corral de Santonuncio.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

En verano, las ovejas subían a las zonas más altas, procurando Juan y Anastasio que les tocase en el sorteo de majales alguno situado relativamente cerca de Santonuncio como en de La Nava o El Chaparralillo, si bien algún año les tocó ocupar el de Veguilla Cuadrá y varios años, cuando aún vivía Vicenta, el majal de Las Ventosas.

Majal del Chaparralillo.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

En aquellos años, la lana valía mucho dinero ya que la política de autarquía del país impedía la importación de lana por lo que toda la necesaria para la industria textil se producía en España. 
Todo esto cambiaría cuando en 1959 se empezó a autorizar la importación de lana de países como Argentina, Uruguay, Australia, Nueva Zelanda...donde se producían enormes cantidades de lana de gran calidad y a precios sumamente bajos, haciendo que la producción de lana en España dejase de ser rentable.

Esquiladores.
(c) Leticia Pato Martín.

El consumo de carne de cordero y oveja también disminuyó al ser más baratas otras carnes como el pollo y el cerdo blanco, quedando el consumo de carne de cordero restringido a ciertas festividades como Navidad y el de carne de oveja a zonas rurales donde era tradicional consumirla. Precisamente en la comarca de la Vera, la carne de cordero y oveja tenían escasa o nula demanda prefiriéndose el cabrito y la cabra.

Oveja con sus dos corderos.
(c) Gonzalo Lorenzo Gómez.

Otro problema eran las tensas relaciones entre los borregueros y los cabreros y vaqueros, ya que veían a las ovejas como competidoras de las cabras en invierno en las zonas medias y bajas de la sierra y con las vacas en verano al consumir la hierba de los regajos o pastizales de las zonas más altas dando lugar a grandes conflictos como los que ya hubo en los años 20 y 30 y que llevaron a prohibir el pastoreo de ovejas como quedó dicho.

Ovejas y vaca en la sierra.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

También los continuos ataques de los lobos ocasionaban muchas pérdidas a los borregueros ya que las borregas se defienden peor del lobo que otras especies, exigiendo la presencia constante de los dueños o los pastores si el ganado dormía al aire libre durante el periodo de redileo o estercolado de las fincas y en verano cuando ocupaba los majales de la Sierra.

Choza y majal de La Nava.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Finalmente, en el caso concreto de Juan, también influía la edad avanzada de su padre que ya pasaba de 60 años y estaba bastante delicado de salud para hacerse cargo de las ovejas, costándole también mucho el ayudar a su hijo con las tareas agrícolas.

Pastor con las ovejas.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

En 1960, y tras pensarlo mucho, Juan decidió vender las ovejas. Le costó mucho tomar esa decisión porque sentía que estaba traicionando la memoria de su abuela pero veía que la situación era ya insostenible. Marcelina le animó a que comprasen vacas de leche y así lo hicieron. Tras vender las ovejas en la primavera de 1960, compraron una novilla suiza en Jarandilla de la Vera a la que pusieron por nombre Clavellina y que con tan sólo 17 meses a comienzos de 1961, parió dos terneras, criando una de ellas que, junto a su madre y a otra vaca que compraron, empezaron a conformar la ganadería bovina familiar.

Vaca suiza.
(c) Silvestre de la Calle García.

Este gran cambio de vida, permitió a Juan poder pasar más tiempo en casa con Marce y sus hijos José, Tita y Angelita, nacida esta última en 1961 cuando Juan y Marce ya eran vaqueros.
Para Marce, que era muy miedosa, era una gran tranquilidad saber que Juan no tenía que estar durmiendo en el campo en la mampara como cuando tenían las ovejas.

Marce con sus hijos Jose, Angelita y Tita y su hermano Agapi.
(c) Familia De la Calle.

Juan siguió manteniendo todo a medias con su padre hasta la muerte de éste en 1974 y a partir de entonces gestionó todo de manera independiente. Compaginaba la ganadería con el cultivo de tabaco y otros productos y con la recolección de castañas
La ganadería familiar se reducía a media docena de vacas adultas y el correspondiente recrío cuando era necesario, algún añojo de cebo que hacía las veces de semental, una yegua o mulo para el trabajo agrícola y para subir la leche al pueblo, una docena de gallinas y uno o dos cochinos o cerdos para la matanza. 

Juan con su yegua cargada de tabaco.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Curiosamente, durante muchos años, Juan y Marcelina criaron con gran mimo un borrego para la matanza. En primavera compraban un corderillo que criaban junto a las vacas hasta el invierno para sacrificarlo cuando se hiciese la matanza tradicional de los cerdos con el fin de mezclar la carne del borrego con carne de cerdo, sangre, calabaza, pimentón y sal y elaborar así las tradicionales morcillas de verano.

Borrego.
(c) Alexis Ávila Pulido.

Juan y Marcelina fueron vaqueros de suizas hasta que en 1987 se acogieron a la denominada prima de abandono tras la entrada de España en la actual Unión Europea, dedicándose después a la cría de ganado vacuno cruzado hasta el año 2000.

Juan con una de sus últimas vacas.
(c) José García de la Calle.

Aunque Juan sólo fue borreguero durante una década y Marcelina durante 8 años, recordaban con gran cariño aquella época en sus últimos años de vida y presumían de haber sido de los pocos BORREGUEROS DE GUIJO DE SANTA BÁRBARA.

Mis abuelos Marce y Juan.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

NOTA FINAL DEL AUTOR.
Como ya saben los lectores habituales de EL CUADERNO DE SILVESTRE, Juan y Marcelina (Marce), eran mis abuelos maternos y con ellos pasé gran parte de mi infancia cuando ya eran vaqueros. Recuerdo muchas veces las historias y anécdotas que mi abuelo me contaba de las ovejas cuando estábamos cuidando las vacas.
Ahora, aunque ellos ya no están, quiero dejar por escrito todo lo que me contaron para que quienes vengan detrás, puedan saber que en Guijo de Santa Bárbara, donde hoy pastan muchas vacas y todavía algunas cabras, un día hubo buenas piaras de borregas.

El autor con las borregas de Isidro Pérez Jiménez.
(c) Alonso de la Calle Hidalgo.

Fdo: Silvestre de la Calle García.
Cronista Oficial de Guijo de Santa Bárbara.

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